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jueves, 28 de abril de 2011

"¿Y tú de quién eres?" (crónica de la vida rural)

12:53

Despiertas por golpe ralentizado en el colchón: tu cabeza se ha abierto paso a través de la almohada de pedazos de esponja como una verdadera escena bíblica.

13:00 (Taaaaaaan)

Cuatro mantas se quedan en poco a estas horas de la madrugada. Ya no hay gallos cacareantes, ni siquiera perros pulgosos, sólo las estridencias de cutres motocicletas conducidas por niños recién desamamantados. Niños de 14 años o quizá 14 siglos, que por herencia futura deben aprender a cuidar diariamente 5 hectáreas de alpacas, hierbajos y heces vacunas, y que en su casa les esperan otro tipo de vegetales que mantener.

El único punto cálido de la casa te atrapa como atrapa a los arácnidos encerrados en sus podridos troncos, y te planteas cómo la profesión de deshollinador no es la más más cotizada en aquellas tierras salmantinas. El hornazo, el tocino y las costillas que nunca combinarías con el café te esperan en la mesa del brasero, sin ningún sentimiento de culpabilidad, presuponiendo esa larga jornada de paseante en la que no sólo quemarás las grasas, sino que adelgazarás. Paseos por esos arenosos caminos rodeados de parcelas desde los que miradas equinas te escrutan como harían sus propios dueños, igual de extrañados por las visitas por placer.

15:00 (Taaaaaan)

Comienza la jornada, y comienza en el bar. Decides aprovechar el ser el niño de la familia y ser invitado a rondas pero nunca invitar. Con tus mejores galas, por supuesto, porque allí estarán media docena de primos-abuelos lejanos que decidirán sobre el parecido facial con tus progenitores y sobre si estás lo suficientemente nutrido. "¿Y tú de quién eres?" como máximo exponente del interés por tu persona, y sentirte un simple cúmulo de genes. Cuánta tentación de responder con el mote de tu familia seguido de "junior". Qué fácil sería si todos se hablasen por sus motes.

Comer huevos más amarillos, lechuga más verde y salchichón más salchichón, y volver queriendo poner un huerto en tu balcón y cebar a tu conejo Wifly... Redescubrir los instintos básicos del hombre y dejar de ver a los animales como dibujos animados con ojos saltones. Achuchar a uno de esos perros que da infinitas vueltas a la plaza (allí todo bicho viviente pasea, no verás ni un michelín) y comprobar más tarde que vive bajo una bañera abandonada, se baña en la rivera lodosa, come cáscaras de mandarina y pasa el día descoyuntando gallinas.

Las tardes tranquilas, siendo instintivamente torturada (pero sin foco, que las bombillas tienen que durar lo que las camisas) para acceder a ir a la procesión a pesar de que mirar el plato en silencio y remover la sopa con compulsividad son síntomas fácilmente identificables como no entusiasmo y no apasionamiento. Que sí, que el cura es un buen hombre, por eso mantendremos el contacto en lo que a recibir aguinaldo y beber chocolate con pastas se refiere.

La noche de invierno, poco productiva. Alternando entre los dos bares, entre futbolines, entre música ambiente de hace seis veranos y el sonido del bisturí abriendo en canal del programa "El cirujano" mientras te sirven la tapa de oreja. Sí, la falta de competencia hace mucho daño.

Pero lo que más miedo da no es pedirle cambio al huraño del bar, ni que te acorralen en la cocina para endiñarte todos los recados del día, ni siquiera amenazar con un palo a un animal cornudo de 500 kilos, no, lo peor es encontrarte en la penumbra a la muñeca de metro y medio martirizada por generaciones y generaciones de niños despiadados. Esa muñeca que, aunque sea roñosa y siesa como la mejor pueblerina, tiene el extraordinario don de saber callar.


(Hasta aquí el paseo virtual por el pueblo materno -por suerte paseo con el significado madrileño-. Para más información, ver dorso de algún producto con denominación de origen)

martes, 7 de diciembre de 2010

Qué bonito es Teruel cuando hace frío

¿Por qué recorrer estos pasadizos lúgubres y asolados, mero tránsito entre coche y bar, bar y coche, ante la imposibilidad de aguantar más de media hora en la calle a pesar de ir con doble calcetín, doble bufanda y doble guante?

Por poder encontrarte a cada minuto caminos intransitados de nieve virgen, porque a pesar de nevar cada dos semanas, los caminos bosqueños siempre están cubiertos de una capa homogénea de agua congelada (los árboles se parecen a los tejados de las casas, que se buscan en la altura para servir de cobertura). Nada mejor que verte rodeado de tus propias huellas, y que por una vez, ese camino al que le falta la barandilla y la gravilla, parezca recién colonizado.

Por el contraste de temperatura al pisar el suelo de piedra y encender la estufa de butano. Porque las casas rurales (y en concreto esta) de cocina de gas, grifo de ruedas y rebuzno mañanero son fundamentales a la hora de sumergirse en la espesura rural.

Por la suerte de disfrutar de un día soleado en lo alto de la estación de esquí de Javalambre, de las pocas a las que se puede acceder hasta la cima en coche. Poder sentarte en la nieve en polvo sin quedarte tieso, admirando la extensa meseta que se advierte rojiza tras los picos más bajos, y girando la vista, pudiendo ver caídas de todos los colores ya que la estación esta orientada a principiantes (abundan las pistas verdes).

Por el carácter puramente campestre de los pueblos, llegando a practicarse agrestes ceremonias como el matapuerco en Formiche alto (si las matanzas son ya de por sí escabrosas cuando se realizan en privado, imaginaos en la plaza del pueblo, siendo imposible distinguir entre gritos de júbilo y de dolor). Por la importancia de la actividad agraria y ganadera, y que te sea imposible encontrar nada malo con denominación de origen.

Por el clima medieval de la zona; porque la fiesta de los amantes de Teruel de Febrero es un clásico, y porque el castillo de Mora de Rubielos, de visita obligada, estaba tan bien ambientado que alojaba a un gato en las bodegas y a un murciélago en la cripta...

Por cruzar de noche decenas de calles con las mismas puertas de clavos y ventanas enrejadas, perdiendo la pista de dónde habías aparcado el coche pero habiendo retornado varias veces a la misma plaza del ayuntamiento, punto de desembocadura de todas las calles. Cuando sea posible, se recomienda aparcar bajo las banderillas de Teruel, Aragón y España.

Por la gastronomía tan centrada en el jamón blanco y en esos productos que siempre son de agrado para todo el mundo. Nada más llegar, se recomienda cenar a la hora del té en el bar del pueblo; entre kilos de miga de pan se refugia un sabroso sustento cocinado por una señora que te ve como un nieto desnutrido y no como un excursionista autosuficiente. Para otros momentos de picoteo, recomiendo la Feria de la Trufa, pero no sólo por dicho condimento, sino porque te ceban con generosos pinchos de migas.

Porque a cada paso hay un mirador, un riachuelo protegido o cualquier otro punto geográfico de gran riqueza paisajística. La propia carretera, de 20 kilómetros de recta, se ve cercada por unas colinas tan lejanas que parecen ridículas, y sin saber cómo, te plantas en un tramo de onda infinita que marea con sólo verlo a través del GPS. Y en ambos casos, las vistas son espectaculares.

Porque Albarracín es una de las ciudades más bonitas de España, y la visita guiada por el casco histórico está plagada de leyendas y realidades históricas en la misma medida, de modo que gusta tanto a místicos como a escépticos.

martes, 3 de agosto de 2010

¡Vacaciones, Saaantillanaa! (del Mar)

Hay a quien le apasiona pasarse las horas veraniegas dorándose al implacable sol mediterráneo y dedicando las restantes a comer, echarse la siesta y participar en los crueles juegos familiares de la "Mini-disco" del Hotel. Yo particularmente repetiría la escapada de este año todos los que me quedan por vivir, ya no sólo por huir del calor y las masificaciones, sino por lo que puede aportarle a uno un viaje de este tipo.
Cómo no se me ocurre forma de narrar mi estancia en tierras cántabras sin alargarme demasiado con anécdotas personales ni ser positiva en extremo (no recuerdo casi ningún aspecto criticable del viaje) voy a escoger una foto de cada lugar de interés que visité y añadiré su respectiva nota al pie, para hacer la entrada lo más dinámica y útil como me sea posible.

Santillana del mar:

Un pueblo muy agradable de recorrer, con calles y plazas empedradas que me recordaban a Albarracín (Teruel), para enfado de los paisanos cántabros. Recomiendo firmemente que se deje de visitar la recreación de las cuevas de Altamira; nos salió gratuita la entrada pero no renta ni siquiera el desplazamiento hasta allí.


Ucieda:

Cocido montañés espectacular, que comimos con mucho gusto ya que allí el cuerpo pedía escaldadura contínua (ya fuese con guisos calientes o chupitos de Orujo). Si recordara el nombre del restaurante, lo pondría por aquí.


Comillas:

La Universidad Pontificia (foto), El Capricho (famoso edificio Gaudiense que no pudimos visitar) y la leche fresca de vaca embotellada en plena calle.




San Vicente de la Barquera:

Uno de aquellos pueblos con muchas cosas que ver, aunque también es verdad que en el norte todo pueblo tiene algo que visitar (que no turístico, ojo). Con una temperatura de 20º y la mezcla embriagadora del aroma del follaje junto con el de la fritura de marisco, no había quien se negara a pasar el día entero entre sus cuestas.


San Esteban (mirador Picos de Europa):

Sin duda el lugar más interesante que visitamos. Unas vistas de película: los picos altos del desfiladero de la Hermida se bañaban en las nubes bajas (¿o era niebla alta?) dando la impresión de tener una altura inconcebible... y en medio de este éxtasis ocular, vislumbrabas a lo lejos un par de escaladores ascendiendo por una pendiente llena de guijarros. Y tu con tu palitroque para no resbalarte por un camino de ruta señalado y perfectamente horizontal...

San Esteban II (rutas cercanas al pueblo):

Este recóndito lugar de escala hacia el interior de Picos de Europa merece más de un apartado, sobre todo para los amantes de los bosques selváticos y el trekking acuático. Estuvimos a punto de adoptar una babosa como mascota (qué tamaño tenía aquello, madre...)



Ermita de laVirgenProfanada (no recuerdo el nombre,
pero estaba indicada en el Desfiladero):

Si mal no recuerdo estaba cerrada, pero de nuevo las vistas y la brisa inmaculada la perdonaron.





Covadonga:

Un clásico. Pero la devoción de algunos no deja de sorprenderme (la foto es un farolillo que había junto a uno de los muros del monasterio). Seguro que tenía un doble sentido del tipo "que el Señor me ilumine en la oscuridad de mi camino" (¡que está nublado, hombre! ¡qué esperas!)



Santoña:

La ciudad (hmmm no, dejémoslo en pueblo) de las anchoas. Una pena que a mi no me gustaran. Pero tenía las latas de un kilo de bonito para consolarme.





Somo:

Playas apocalípticas, no se puede decir más. Me recordaba a Denia, pero con costas de orillas kilométricas y sin medusas porculeras. Solo faltaba el sol y una temperatura que invitara al baño, pero al final cualquiera reúne fuerzas para zambullirse (sobre todo teniendo tanto espacio para coger carrerilla).


Santander:

Tiene un paseo marítimo muy bonito, y... estaban en fiestas. Menuda envidia la de poder beber/ver los fuegos artificiales en la playa...

miércoles, 5 de mayo de 2010

¡Qué bonita la Guirnalda!

Sevilla no tiene un color especial, más bien tiene un olor, y no precisamente floral. Los carros de caballos están más cotizados que el propio tranvía de la ciudad. Ambos recorren los mismos masificados y fotografiables lugares, pero la gracia de ir a 20 por hora delante de un autobús y que en vez de pitarte, te salude emocionado, es para gastarse esos 100 pavos que cuesta la hora de paseíto.

Lunares, rayas, colores vivos y floripondios decoraban tanto cuerpos españolitos de curvas marcadas como escuálidos talles de proveniencia escandinava. Pero esa guirización, de la que pocas ciudades turísticas se salvan, no había conseguido inmiscuirse en una recóndita zona de Triana; una que, a pesar de la fama, conservaba toda la esencia andaluza ridículamente imitada en el centro histórico mediante claveles de los chinos y saetas en medio de la calle (yo la primera, cuidado). Hablo de la Feria de Abril.

No es complicado llegar al recinto; basta con perseguir a los bebés vestidos de trajes regionales. Para empezar, deberían repartir mapas a la entrada, porque sólo consigues encontrar una caseta entre las mil guiándote por calles. Cuando localizas una pública, y la cola del baño de mujeres no llena por sí sola el local, puedes pasar horas haciendo como que bailas sevillanas, folclore y flamenco, y no echar de menos el Caribe Mix que te persigue desde años inmemoriables en los viajes costeros. Pero siempre quedarás relegado a disfrutar de las sevillanas de verdad desde la calle y con el de seguridad fichándote por si te ocurriera pasar a la caseta sin acreditación. Como está claro que el rebujito no lo catas en cantidades industriales si no conoces a ningún autóctono, te queda pasearte la zona de las atracciones; una concentración de todos los feriantes gitanos de los pueblos madrileños con una oferta no obstante reducida, basada fundamentalmente en el pulpo con nombres varios. Eso sí, nadie nos quita la pasarela Cibeles callejera, con esos trajes despampanantes y "volantosos" que terminan de barro hasta las cejas, a diferencia de la peineta y el moño, que regresan intactos e impolutos a casa posiblemente a causa de cargarse media capa de ozono en una tarde...

Mirala cara a cara, que es la priiimeeeraaa!- Las sevillana hablan de conquista, y como no podía ser de otra forma, a mí Sevilla me ha conquistado a la primera. Veremos si la próxima vez que vuelva, lo hago con más presupuesto y tiempo en el bolsillo, y puedo conocer algo más de la gastronomía sevillana que el granizado de limón y la hamburguesa del McDonalds.

lunes, 23 de febrero de 2009

A 25 min de Madrid y a 3 de Toledo

Subes sin conseguir llegar a ninguna planicie y bajas sin poder descansar en ninguna llanura. Calles y más calles que se estrechan a medida que avanzas y que terminan en plazas que no merecen denominarse cómo tal. Toledo, exagerado bullicio de datos históricos imposibles de memorizar, puertas de madera envejecida y paredes rústicas que oscurecen tu paseo, obligándote a menudo a recurrir a uno de los jerseys doblados que cargas a tu espalda (única ventaja de llevar la maleta contigo hasta encontrar el hotel) Lo conseguirás sin problemas, pues está plagada de indicaciones, mapas y turistas más precavidos que tú. Pasada la muralla, espadas, cascos y demás artilujios bélicos de épocas pasadas. Piensas que es lo típico, representativo, propio.

¿Pero Toledo dónde queda? Queda a unos tres minutos del casco histórico, minutos que se alargaban debido a la mortífera subida. Unas fabulosas vistas a un pequeño patio cercado por un muro de incansable altura decoran el modesto habitáculo de 20 metros cuadrados. Nos hubiera bastado con 2 metros cuadrados para compartirnos el uno al otro. Compartimos almohada masoquista, compartimos ducha inspirada en cabina telefónica y compartimos cortina otoñal (perfectamente empleable como mantel) a juego con manta de cama matrimonial. Lo memorable, debajo de ésta última. Aún sin haber cuestas, ni iglesias, ni parrilladas.
Tu decías que viajar en AVE Madrid-Toledo sería viajar sin darte cuenta, en lo que arrancabas ya te plantabas allí. Así me sentía yo al llegar a Madrid, sin acabar de haber ido y sin ser consciente de que ya estaba de nuevo aquí. Con mucho cariño...
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